domingo, 20 de marzo de 2011

Parque Nacional Morrocoy - Venezuela

Llegamos a Tucacas con la idea de poder ir a uno de los Cayos a acampar, pero por la mala onda de la gente y por no haber cruzado a la persona indicada nos quedamos todo el día en esta ciudad que no ofrece nada. Todos y cada uno de los vendedores del cruce en lancha a los cayos te dicen que no podes acampar ahi. No conforme con eso, fui hasta la entrada del parque a preguntar lo mismo, y un guardia me dijo que fuera de temporada no se puede acampar, pero que en temporada alta si se puede. Por eso y en contra de nuestra voluntad tuvimos que esperar un día para tomar una lancha y poder ir y volver en el día con Franco Maldonado, individuo que nos dijo que el tiene el contacto misterioso para acampar en el espectacular Cayo Sombrero sobre el que escribiré más adelante.

Paramos en la Posada "Don Carlos", donde don Carlos resulta ser insoportable. Por suerte este señor no estuvo durante la primer noche en que estuvimos aquí, y por suerte no escuchó como se rompió la cama de la habitación que nos dio. La cuestión es que mientras mirabamos TV tranquilamente la cama crujía y crujía, en un momento, me paro para ir al baño, regreso y me dejo caer sobre la misma, y terminé cayendo derechito hasta tocar el suelo. Como resolví el asunto en ausencia de Carlos?? Busqué un ladrillo en el patio, lo puse debajo de la cama y domir en el suelo de la habitación toda la noche. Y ya que hablo de la habitación debo referirme al tremendo y nauseabundo olor a humedad que había entre esas cuatro paredes, olor que se impregnó en las sabanas, almohadas y cualquier cosa que ingresara a ese cuarto, puaj.
En las condiciones citadas anteriormente, la noche se hizo larguísima, pero afortunadamente pasó y luego de comprar algunas frutas y agua pudimos embarcar y salir en la lancha para el primer cayo, en el que hice un poco de snorkel, en el que tomamos sol, y en el que descansamos a la sombra de una palmera mientras que la playa se iba poblando de gente.

Luego de una hora y media en ese sitio, vino el lanchero, y junto a un señor marinero que era de Isla Margarita y su novia comenzamos un recorrido por algunos de los cayos y playas que están por ahi. Visitamos "La Piscina" que debe su nombre a la similitud de su agua con la de una piscina. Este sitio es interesante por el ingenio de los vendedores que aqui están, ya que por ejemplo puedes comprar un helado mientras te estas bañando... si leiste bien, mientras te estas bañanado. Resulta que el heladero lleva su heladerita a flote sobre el agua y se acerca a la gente y a las distintas embarcaciones para ofrecer su producto. Así como está el heladero, esta la "Barra Lancha" que te ofrece todo tipo de bebidas y tragos. Cosas del capitalismo en tierras ¿socialistas?

Y luego de algunas olas llegó el momento de visitar el tan renombrado "Cayo Sombrero", y la verdad es que la fama se la tiene bien ganada... es increible este lugar, el color del agua, la cantidad y la disposición de sus palmeras, la forma sin forma de la vegetación, es un lugar paradisiaco donde muchos argentinos estaban acampando y donde me quedé con todas las ganas de hacerlo. Lo único que no me gusto de este sitio al igual que los que visitamos anteriormente en este día es la suciedad que van dejando las familias y grupos de amigos tras de sí. Es increiblemente triste que esta gente no se de cuenta del paraíso que tienen a su alcance y que la mayoria no sepa cuidarlo como realmente corresponde, pero bueno, quizá el lugar estaba tan sucio por ser Domingo, no se, pero es algo que realmente me dio un poco de tristeza.

Por la tardecita tuvimos que pegar la vuelta, mientas que ibamos hablando con los restos que quedaban balanceándose de un lado al otro del Marinero (una botella de ron puro se bajó), otras embarcaciones seguían nuestra estela y volvían a la ciudad luego de un día en contacto con tan bella naturaleza.

Y una vez que uno pone los pies en la tierra, siente ese mareo que automáticamente lo llevan a uno a querer estar nuevamente en esa embarcación, navegando mar adentro, con una isla desconocida por destino, y con las ansias de vivir tranquilamente ahí, sin ninguna prisa, sin contaminación, sin violencia, sin ninguna de las desgracias de las sociedades, solamente con la playa, las palmera, el sol, el mar, el silencio y el paso del tiempo, inexorable e implacable como cada una de las olas que se acercan y rompen sobre la orilla.

Ya por la noche, solamente quedó armar las mochilas y efectuar la actuación y la dramatización de una nueva ruptura de la cama para zafar y no pagar por la misma y poder decirle al señor de la posada que la habíamos roto. Igualmente el señor se quedó con un celular muy viejo a cambio que se nos olvido y quizás se alegró de que nos fuimos y de nuestra pérdida, pero seguramente no se alegró tanto como nosotros por haber visitado estas playas hermosas, y por salir corriendo de esta pocilga que albergó nuestros dos últimos días, pero que a pesar de todas las incomodidades se tranformó en nuestra base para conocer el genial parque Morrocoy.
Parque Nacional Morrocoy - Venezuela
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